sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo nueve. Olympic T1.

El chico empezó a besarme. Al principio parecía como si se estuviese liando conmigo. Una escena muy normal en las discotecas. Pero cuando vio que yo intentaba evitar sus besos, empezó a forzarme más y más. Me tenía muy bien agarrada. Grité, pero fue algo inútil. 

Por desgracia, esta situación ya la había vivido antes. Y siempre me convertía en una persona débil, vulnerable. Las lágrimas no tardaron en aparecer y aunque el chico se dio cuenta, no quiso parar.

- Quiero irme. Por favor, sueltame..
- Eres muy guapa - dijo evitando mis palabras y recorriendo con su lengua mi cuello.
- Por favor, búscate a otra que se divierta con esto. Déjame ir.
- Me gustas tú.
- Pues tú a mi no.

Le di un rodillazo fuerte en sus cojones y eso me dio algo de ventaja, pero no la suficiente. A pesar de estar dolorido, me alcanzó de nuevo empotrándome en la pared. Esta vez fue más duro conmigo y ya empezaba a hacerme daño. Una vez más grité y esta vez tuve suerte. Pude oir como un grupo de chicas se acercaba cuchicheando. El chico se dio cuenta y me soltó de golpe. Salió disparado de la sala mientras se abrochaba el cinturón. Yo sin embargo me quedé allí tirada unos minutos, intentando reaccionar.

Las chicas que me salvaron, entraron en ese momento.

- Perdona, ¿Estás bien? - dijo una de ellas.
- Nos pareció oírte gritar - esta vez fue su amiga la que habló.
- Gracias - dije.

Fue lo último que dije antes de levantarme de allí e irme. No sabía donde estaba William, probablemente estaría buscándome. Pero a mi no me apetecía quedarme más tiempo en la discoteca.

Cuando estuve fuera, comencé a correr por todo el barco con un destino claro. Sin querer, iba empujando a la gente a mi paso mientras que ellos me gritaban cosas que no entendía. No podía parar de llorar, cada paso que daba era peor.

Subí a la cubierta y a primera vista no parecía haber nadie. Probablemente estarían en sus camarotes durmiendo teniendo en cuenta la hora que era. Y eso era justo lo que yo buscaba, estar sola.

Después de una gran carrera que parecía interminable, llegué a la popa del barco. Me agarré a la barandilla y suspiré. Una y otra vez. Pensando en lo que estaba a punto de hacer.

Y a pesar de mis intenciones, mientras me subía a la barandilla, tenía miedo. Mucho miedo. Una parte muy grande de mi, quería hacerlo y acabar con todo, pero otra me decía que no. Que me bajase y volviese a mi habitación. 

Estuve como cinco minutos pensando qué hacer. Y cuando creía saber que hacer, oí unos pasos detrás de mi, poniéndome mucho más nerviosa. No quise girarme para ver quien era, ya que cualquier movimiento podía hacerme caer al agua.

- No lo hará.

Su voz me sorprendió. Pensaba que podía ser William, pero no. Su voz era más ronca que la de él.

Seguí sin darme la vuelta y entonces él se acercó más.

- ¿Y usted qué sabe? - dije alterada.
- Lo sé. Se que no quiere hacerlo.

Y en el fondo no se equivocaba. Una parte de mi no quería hacerlo.

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